Caperucita Roja

¡Hola! Soy yo, el lobo. Apuesto a que todos ustedes tienen la versión equivocada de mí así que les voy a contar la verdadera…

Yo vivía en un pueblo, claro, lejos de los humanos porque toda mi infancia me dijeron que ellos eran malos. Pero sin embargo yo tenía una amiga, que no solo era mi amiga sino que de todos los animales del pueblo.

Un día nos reunimos todos los animales del pueblo, y fue ahí en donde me enteré que todos habían recibido una invitación a la fiesta de Caperucita Roja menos yo. Yo estaba tan enojado con Caperucita que pensé en un plan para vengarme.

Un par de días después escuché que Caperucita iba a llevarle unas cosas a su abuela así que salí en busca de Caperucita.

Después de caminar la encontré con una canasta:

-¡Hola Caperucita!-dije sin poder ocultar mi furia

-¡Hola lobo!

-¿A dónde vas así tan arreglada?-le pregunté.

-Voy a llevarle un par de cosas a mi abuela que está enferma-contestó en tono triste

-¿Y….. a dónde vive?

-Al otro lado del bosque-dijo-y estoy llegando tarde, ¡adiós!

Apenas se dio vuelta corrí con toda mi velocidad hasta llegar a la casa de la abuelita de Caperucita.

-¿Quién es?-preguntó la abuela de Caperucita, después de que yo haya tocado la puerta.

-Soy yo, Caperucita-dije intentando imitar la voz de la niña.

-Hol…-llegó a decir la anciana antes de que yo me la tragara.

Después de eso yo estaba cansado de tanto correr así que me puse el sombrero de dormir de la abuelita de Caperucita y me tiré en la cama. Unos minutos después entró Caperucita y me miró con cara de sorprendida:

-Abuelita, ¡qué ojos tan grandes!

-Son para verte mejor-le dije

-Abuelita, ¡qué orejas tan grandes!-dijo sorprendida.

-Son para oírte mejor

-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!-dijo con un tono asustado, por un momento su expresión había cambiado y ya no era la niña que nunca se ponía triste, sus ojos estaban llorosos y podía ver el miedo en su voz

-¡SON PARA COMERTE MEJOR!-le dije dándole un buen bocado a la niña.

Me había comido a una niña y a su abuela, me dolía la panza así que me quedé dormido mientras Caperucita y su abuela gritaban por ayuda. Mientras un leñador pasaba escuchó a las mujeres, me abrió la barriga, sacó a las mujeres y puso piedras en su lugar. Cuando yo me levanté sentía una terrible sed así que fui a un lago que había por ahí cerca, pero cuando me incliné me caí al lago y nunca mas volví a salir.

Esta entrada fue publicada en Cuentos tradicionales, Lengua 2014, Mili Méndez Peralta Ramos. Guarda el enlace permanente.

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