Los Tres Cerditos por Lía Rostagno

 Los Tres Cerditos

Yo por ellos estoy acá, en el infierno. Muerto. Sin amigos, y sin familia.

Ellos, en cambio, están felices y contentos disfrutando en el bosque de sus hermosas casitas que cada uno había armado.

El primer cerdito, el mas vago, hizo  una casa de paja. La terminó al instante.

El segundo cerdo, quiso hacer una cabaña de madera, no era tan resistente. Y el último, el más trabajador, prefirió hacer una casita de ladrillos. Aunque le haya costado tiempo en hacerla, era una casa mucho mas segura.

Tiempo después, decidí ir a ver cómo les habían quedado las casas a cada uno.

Entonces yo, muy amablemente, me acerqué a la casa del primero. No se veía muy bien la casa por afuera, pero de todas maneras, decidí ir a verla, y dije: “¿Puedo entrar a tu cabaña para ver cómo es por dentro?” Y él me respondió groseramente: “No, no aceptaré que entre alguien como vos a esta casa”. Al oír eso, me indigné y muy enojado le respondí que si no me abría, soplaría su casa. Y así fue.

Entonces el primer cerdito huyó hacia la casa del segundo. Porque temía que pudiese comerlo.

En la segunda,  pedí permiso para entrar, pero ellos me respondieron con un “no” rotundo. Y yo, otra vez, volví a amenazarlos con que soplaría su cabaña, pero no les importó. Soplé y soplé y la casa derrumbé. Los dos cerditos se fueron a la cabaña del tercero. Me dirigí hacia la casa de ladrillos, toqué la puerta y pedí permiso para entrar. Los tres me respondieron que no. Y así fue como tuve que soplar y soplar, pero esta vez la casa no derrumbé. Me sentí rechazado, pero aún con ganas de visitar su casa. Entonces se me ocurrió entrar por la chimenea, pero los perversos cerdos me pusieron agua hirviendo debajo. Me quemé y al instante me retiré con un rápido salto que atravesó la cabaña. Nunca entendí por qué no me dejaron entrar, yo solo tenía las intenciones de ver cómo lucía su hogar.

Después de ese acto de maldad me retiré muy triste. Y recuerdo que en ese momento caí y caí, y por eso, ahora estoy aquí, nunca entenderé por qué. Solo sé que la culpa es de esos endemoniados cerdos.

 

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