Los tres chanchitos por Vicky Landolfo

Los tres chanchitos             

Hambre. Ese sentimiento me carcomía por dentro.

Después de pasar tres días sin comer, el hambre superaba mi dolor. En el bosque todo pasaba muy lento y el deseo de comer aumentaba muy rápidamente. Necesitaba llenar mi estómago e iba a hacer cualquier cosa para conseguirlo.

Empecé a caminar con desesperación y un poco de esperanza, juzgando por  mi aspecto, ningún “humano” me iba a regalar un poco de comida, conclusión: tenía que robar.

Caminé entre tres o cuatro kilómetros. Todas mis fuerzas decaían, hasta quedar casi exhausta, sin embargo gracias a mi determinación seguí mi marcha. Cuando me quedaban pocas energías, encontré, ante mí, a un chancho, perdón a tres apetecibles chanchos.

Ese aspecto grasoso, jugoso, irresistible que tenían, hizo que mi apetito llegara al máximo, y como una fiera, salí a calmarlo.

Solo con verme, los chanchos salieron disparados, cada uno a su determinada casa. Observé detalladamente la estructura de cada una y opté por usar mi mejor arma: el soplido.

Comencé por la primera casa, choza más bien. Estaba bien hecha, pero no era suficiente. Quise ser amable y tocar la puerta pero el hambre me lo impidió así que simplemente soplé y soplé hasta que la casa se vino abajo. El rostro del cerdito mostraba temor, confusión, queja, estaba atemorizado y por un impulso él se fue corriendo a la casa de al lado, la segunda.

Esta, era mejor armada, de madera, muy pintoresca. Inteligente y valiente en correr, pensé, pero igualmente me reí por lo bajo.

Soplé y soplé con tanta fuerza que casi no tenía más aire para continuar mi labor, hasta que el sentimiento del hambre llegó, y reanude lo que estaba haciendo. Cuando finalmente la casa tocó el suelo la felicidad y el alivio se iluminaron en mi cara, pero los dos cerdos tenían actitudes contrarias. Corrieron rápidamente a la casa de su último hermano, el mayor sospeché.

Esta última estaba muy bien armada, ladrillos, cemento.

Soplé, soplé y soplé y cuando vi que no había resultado dudé un poco de mi capacidad, pero yo ya estaba empeñado en comer a los cerdos y lo haría de una forma o de otra.

De repente, se me ocurrió una brillante idea, si no la podía derrumbar, si no podía entrar por la puerta, tal vez podría entrar por la chimenea.

Escalé. Cuando llegué a la cima de la casa, me tiré por el ducto que me proporcionaba la entrada hacia la vivienda. Cuando mi cuerpo chocó contra la superficie de la chimenea solté un grito ensordecedor, un grito ahogado que me dejó casi sin poder decir una palabra más. Sentí que mi piel se iba destruyendo capa a capa y que mi sufrimiento aumentaba. Mis cabellos se cayeron, los veía desplomarse en el suelo mientras el fuego me iba dejando inmóvil. No podía pensar en nada más, ese ardor, ese daño, esa tortura.

Mi última mirada fue hacia esos tres insólitos cerdos.

Estuve al borde de pensar que mi cuerpo había fallecido, hasta que lo noté en movimiento.

Los tres puercos me sacaron del fuego.

Cuando salí no sentía mi piel, parecía que nada cubría mi carne.

Antes de que alguno hablara, salí corriendo y nunca más volví a ese sitio.

 

Esta entrada fue publicada en Cuentos tradicionales, Lengua 2014, Séptimo 2014, Vicky Landolfo. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *